Voces de Lambayeque: Algodón nativo y patrimonio artesanal

Aerial view of two people working near the edge of a field with sparse vegetation and a dense organic pima cotton crop plantation.

Universidad San Martín de Porres, 26 de octubre de 2016

Quiero agradecer a mi colega y autora del libro, Cristina Gutiérrez, por invitarme a hablar ante este distinguido auditorio y las autoridades de la Universidad San Martín de Porres. Es un honor compartir mis experiencias con el algodón nativo de Lambayeque y sus tradiciones textiles. Ante todo, aplaudo la admirable decisión de Cristina de lanzar su libro en Lambayeque hace apenas unos días, celebrando a las mujeres artesanas homenajeadas tanto en el texto como en las fotografías.

Algodón de color natural

Hace unos cuarenta años, el mundo cultural peruano se conmocionó cuando el Premio Nacional de Cultura fue otorgado a Joaquín López Antay, un retablista de Ayacucho que nunca había pintado un lienzo. Más recientemente, los círculos literarios se sintieron igualmente conmovidos cuando Bob Dylan —un compositor e intérprete más que un autor tradicional— ganó el Premio Nobel de Literatura.

En ese mismo espíritu de reconocimiento tardío, tenemos en nuestras manos un volumen bellamente producido: Lambayeque: Algodón Nativo y Artesanía Textil. Enriquecedo con la vívida fotografía de Luis Miranda y cuidadosamente editado por la Universidad San Martín de Porres, este libro brinda la atención largamente merecida a las artesanas textiles de la región.

Algodón orgánico y continuidad cultural

Junto con Cristina, rendimos homenaje a las hábiles hilanderas y tejedoras de Lambayeque —en su mayoría de caseríos rurales— que representan a innumerables otras que las precedieron. En sus manos, voces y corazones vive una tradición peruana ininterrumpida.

Cristina, una apasionada conocedora del patrimonio textil del Perú, nos invita no solo a admirar sino también a reflexionar. Su obra anterior, Del rito a la moda, declaraba que “los textiles en el Perú son tan antiguos como su civilización”, recordándonos que el patrimonio no está muerto: sigue vivo.

Mi propio papel en esta historia es pequeño. Otros allanaron el camino para el reconocimiento del valor cultural del algodón nativo: exploradores como Alexander von Humboldt, Antonio Raimondi y el etnógrafo autodidacta Hans Heinrich Brüning, quien documentó el legado textil de Lambayeque hace más de un siglo.

El concepto de algodón nativo

Quizás mi contribución más significativa fue acuñar el término “algodón nativo” en la década de 1970 mientras vivía en Mórrope. No era una clasificación botánica ni científica, sino cultural —para identificar las especies de algodón prehispánico en peligro de extinción que aún se transmitían de mano en mano entre campesinos y artesanos, no comercializadas en mercados ni por terratenientes.

Son plantas resistentes y hermosas —resistentes a sequías, inundaciones y suelos salinos. A pesar de su domesticación ancestral hace más de 8000 años, a menudo fueron desestimadas como “algodón silvestre” o “algodón de campesino”. Ese descuido lingüístico se está corrigiendo ahora.

Comercio justo en acción

Una vez cosechado, nuestro algodón se compra a precios justos y garantizados por encima de la tasa de mercado, lo que garantiza la seguridad financiera de los agricultores y sus familias. Tanto en el molino como en la fábrica, los trabajadores —hombres y mujeres por igual— reciben un pago justo, sin trabajo infantil y con derecho a sindicalizarse. El respeto por la artesanía y las condiciones humanitarias son fundamentales para nuestro modelo.

Tradiciones en peligro y una generación en riesgo

Durante décadas, el algodón nativo fue vilipendiado como un imán de plagas para las variedades comerciales como Cerro y Pima. Los agricultores y artesanos fueron obligados a la clandestinidad. El meticuloso trabajo de campo de Cristina revela el heroísmo silencioso de artesanas mayoritariamente ancianas —superando dificultades económicas, problemas de salud y escasez de materia prima— para mantener viva su labor. Muchas aún se refieren a la fibra como “algodón del país”, sin saber o sin aceptar el término “algodón nativo”.

¿El mayor desafío? Transmitir este conocimiento a las generaciones más jóvenes, muchas de las cuales están absortas en la gratificación instantánea de Internet.

Cristina registra poderosos y sentidos testimonios de artesanas como Susana Bances Zeña (La Raya), Petronila Brenis Farfán (Ferreñafe), Basilia Galán (San José), Rosita Farroñan (Huaca de Barro), Yolanda Llontop (Monsefú) y Dante Julián Bravo Calderón (Túcume). Sus voces encarnan coraje, compromiso y un profundo amor por este antiguo arte de hilar y tejer el algodón nativo de Lambayeque.

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